El norte de Peru

6.434K corridos, 727 días viajando

Cuando volví de Iquitos mis planes cambiaron radicalmente, varias veces y en cuestión de instantes. Pero ¿qué mejor chute de adrenalina se me ocurre? Desde luego no iba a acabar la etapa americana tranquilamente 😉

El primer giro vino de la mano del terremoto que vivió Peru el día 28. Recuerdo que ese día en la selva el bungalow se movió de lo lindo (y si no, que se lo pregunten a mi compi María, a quien conoces de Welcome to the jungle, o a Analú, que vino despavorida a las 6 de la mañana a nuestra cabaña), pero la peor parte se la llevó la gente de cerca de Chachapoyas (españoles no vale reírse), muy cerquita dónde organizaban la carrera Ultratayta, a la que me habían invitado (puedes repasártelo en Lima Wild Trail y CREA Huaraz).

El caso es que el mismo lunes, con billete de Civa (una marca de buses de aquí) en mano para irme a Chiclayo a hacer escala y luego seguir a Pedro Ruiz (dónde el 4 tenía acordado competir 22K y pasar por nada menos que 6 cascadas), ¡se canceló la carrera! Fue un chasco, porque era un planazo en el que me habían invitado hasta al bus. Pero en fin, lo importante es que la zona se recupere y la carrera ya la ganaré 😉 en otra ocasión.

En vista de las noticias, cambié mi destino a Trujillo, también camino al norte con intención de pasar la frontera terrestre a Ecuador después de un par de días.

Lo más destacable que me pasó en Trujillo ocurrió todo el último día. Jose, un chico peruano de la zona, me contactó a través de Instagram para hacer unos kilómetros juntos. Me llevó a hacer un rutón desde Trujillo a Huanchaco (la playa) pasando por Chan Chan (un complejo con ruinas incas de lo más variopinto). ¡Estos peruanos me dan caña, con él me salieron 19K! Pero no fue lo único que me pasó… Resulta que el 1 de Diciembre Perú anunció que abría la frontera terrestre con Ecuador, pero Ecuador, contra todo pronóstico de reciprocidad, anunció el mantenimiento del cierre. ¡Menuda faena, que mi vuelo de vuelta a Madrid salía desde Guayaquil!

Para digerir un poco el susto 😉 decidí partir rumbo a la playa: a Máncora. Me habían hablado del sitio, pero dadas las perspectivas fiesteras que tenía, no iba tampoco con las expectativas muy altas. ¡Y me encantó! Creo es un sitio estupendo para relajarse, y encima no estuvo nada limitado a la hora del correr (ví paisajes diferentes y atardeceres preciosos).

Atardecer en Máncora

Pero de nuevo, lo mejor se hizo esperar y no llegó hasta el último día. Gracias a Carla, experta nadadora, conocí a Isma, que además de experto nadador y profe, se portó conmigo estupendamente.

Para empezar me citó en su hotel, Kasa Pelíkanos, en la playa de Vichayito. Lo primero que hicimos fue nadar juntos hasta la peña, una piedra en el mar a unos 300m de la costa (claro que, como no se fiaba un pelo de mis capacidades acuáticas porque nos acabábamos de conocer, me puso a uno de sus alumnos a vigilarme: mi pequeño compi remó toda la travesia al lado subido a la tabla de paddle surf). Pasé la prueba (pero no sé si con buena nota, porque Isma dando tan solo un par de brazadas se separaba de mí una distancia que se me antojaba inalcanzable).

Luego nos zampamos un desayuno y nos dirigimos a un hotel dónde habitualmente enseñaba (a flotar supongo) a un par de bebés. En vista de que no vinieron, nos solazamos un poco en el jardín del recinto y aprovechamos la pisci (era básicamente el plan que yo iba a hacer mientras él impartía sus lecciones).

Con Isma y uno de sus alumnos

Después, como nos sobraba algo de tiempo hasta la siguiente clase, recorrimos parte de su terreno en su quad (acá lo llaman cuatrimoto), y vimos su casa. Tan estupenda como peculiar, con un baño donde te sentabas de cara a un ventanal que daba a la inmensidad del paraje de Vichayito. ¡Así da gusto!

Y después de la clase, de 4 chavales que a mí me sorprendió lo bien que nadaban (aunque lo que más me divirtió es que había perretes que se metían también a hacer unos largos con ellos, o a incordiarles, según se mire), les conté un poco mi proyecto de correr por el mundo. Y a pesar de no conseguir que ninguno de los 4 se apuntara conmigo a hacer ni medio kilómetro, lo que sí que conseguimos es que los dueños de la pisci (y el lodge) dónde entrenaban, Las Cabañas de Antica, nos invitaran a comer. ¡Me encantó la experiencia al completo! Porque supongo que aún me quedan muchos platos peruanos por probar, pero creo que ya después del tiradito y el taku taku ya me doy por satisfecha 😉

Pero la comida no fue lo mejor. Tampoco lo fueron las estupendas cabañas con múltiples piscinas (a cada cuál más apetecible). ¡Lo mejor fue la compañia! Además de Isma, comí con Lía y Manuel (los dueños del sitio, de orígenes limeños y del sur de italia respectivamente) y con Paty (amiga de la pareja). Me han invitado todos a que vuelva pronto. ¿Quién sabe? Que tal y como están cambiando los planes últimamente…

5 thoughts on “El norte de Peru”

  1. Lo mejor de ese día fué tu visita. La pasamos estupendo. Pero ssi como llegaste corriendo, te fuiste corriendo. Espero vuelvas con un poco más de calma a quedarte unos días por acá.
    Ya sabes que estás invitada cuando quieras. Solo avisas

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  2. Qué buena experiencia y que increíble oportunidad de poder conocer el Perú de una forma tan íntima. Desde correr con José por las espectaculares ruinas de Chan Chan, hasta nadar con el gran Isma por el mar peruano, con tu propio salvavidas Personal remando junto a ti. Ésas son las mejores experiencias que uno puede tener a lo largo de su vida. Sigue corriendo, sigue viviendo y disfrutando de tu gran aventura. Qué increíble!

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