Camino Licio: andando sola de nuevo

3.765K corridos, 459 días viajando

Steffen, Rango yo nos despedimos en Olympus, tras habernos colado al recinto (no te pierdas los detalles en Camino Licio: primera parte acompañada). Y yo seguí camino dirección a Adrasan.

La etapa que me tocaba recorrer constaba primero de una parte boscosa, hasta llegar a un alto, y después una pista facilona y despejada hasta llegar a Adrasan. Pese que fue una etapa de interior, gracias a los paisajes y al solazo que hacía, ¡no pude aburrirme!

Ruta hacia Adrasan

Llegué a Adrasan y me alojé en el primer sitio en el que caí: tuve suerte y además de ser un súper hotel, Arikanda River Hotel Restaurant (en el que por supuesto me hicieron precio), el dueño era majete. Sin embargo, como mi presupuesto no daba para cenas en alojamientos de ese calibre, me dispuse a buscar un súper en las cercanías. Pero, ¡se me hizo de noche buscando! Y cuando cambié el plan a buscar un bar para cenar, ocurrió algo inesperado. En un alojamiento con las luces encendidas, pregunté dónde podía cenar, pensando que quizá tuvieran la cocina abierta, y Burak (el dueño del sitio) y Rebeca (su mujer) me ofrecieron cenar allí mismo. Acepté sin dudar, y cuando me preguntaron que qué quería dije que lo que tuvieran. Asique Rebeca no sólo sacó todas las delicias que tenía preparadas (pude probar platos turcos típicosque no había probado: vine leaves y kabak tatlisi) si no que se sentó conmigo a cenar. Burak se unió también y tuvimos una interesante conversación: Rebeca era keniata, y Burak turco, y veían de modo radicalmente opuesto las cuestiones de por qué el turismo iba mal en Turquía (Rebeca opinaba que era culpa del gobierno turco y Burak del Covid-19). Cuando terminamos la sobremesa y me dispuse a pagarles, no aceptaron: habíamos disfrutado los 3 de la cena asique me consideraban como su invitada. ¡Qué puntazo!

Al día siguiente, después de desayunar en una tienda acompañada por el dueño que me hizo incluso el bocata para el trekking (aquí es muy habitual que si compras un café instantáneo te lo preparen e incluso que te saquen una mesa para tomarlo), partí hacia Karaoz. El dueño de la tienda me había alentado a después de Karaoz coger un bus a Dembre, porque seguir andando hasta allá no tenía mucho sentido paisajístico. En cualquier caso, la etapa prometía: unos 24K con desnivel, pasando por el faro de Gelidonya.

Faro de Gelidonya

Fue una de las etapas más cansadas pero más bonitas. Costeando y subiendo y bajando, llegué a Karaoz. De nuevo, en el primer alojamiento que pillé (al que entré atraída por las vistas de la sublime puesta de sol, que disfruté con turcos que cocinaban en las barbacoas del merendero del sitio) tuve suerte y conseguí un sitio bueno y barato. Además, uno de los grupos de turcos que estaban por ahí (de gente que casi me doblaba la edad) me ofreció té. Compartí con ellos un rato, y a pesar de que su inglés era muy limitado, me enteré de que eran colegas de la universidad (todos licenciados en física), que estaban allí de fin de semana (porque se reunían así una vez al año), y de nuevo me desaconsejaron seguir a pie esa parte de la ruta. A veces, cuando echo la vista atrás no sé cómo me entiendo con la gente 😉 porque compartir té es fácil, pero la demás info es para nota! Jejje, bueno puede que interprete (y no sé si acertada o erróneamente) más de la mitad.

Asique decidí poner fin a mi periplo en Kumluca (a una etapa de Karaoz), que me interesó exclusivamente por contar con estación de buses. La penúltima jornada de mi excursión transcurrió por asfalto. Eso sí, las vista fueron bonitas en la mayor parte del camino, pues la carretera estaba pegadita a la costa.

Pese a ser asfaltera, la ruta fue preciosa

Hice noche allí (llegué demasiado tarde para pillar la última furgo) y, para no perder buenas costumbres, por la mañana me hice un pateíto. ¡Y qué acertado! Llegué a Rhodapolis, unas ruínas (romanas o griegas, aún no lo sé) que surgieron de la nada. ¡Éste país no deja de sorprenderme!

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