Mi lugar preferido de Montenegro

3.051K corridos, 371 días viajando

Para no variar, el plan siempre varía. Esta vez, en lugar de acompañar a Laura y devolver yo el coche de alquiler (para coger un bus al día siguiente dirección Tirana), ¡me quedé atrapada en Kotor! Esque no pude resistirme a la city…

Kotor es una población a orillas del mar Adriático, pero que tiene la particularidad de estar al fondo de una bahía (la bahía de Kotor) casi cerrada, por lo que en lugar de parecer que está a orillas del mar, parece que está a orillas de un lago. ¡Por algo lo llaman fiordo de los Balcanes! Además está rodeado por montañas: ¡un placer si quieres zospar un rato y luego te mola tener el mar al lado! La ciudad cuenta con un casco histórico que recuerda a Dubrovnik, con piedra caliza en paredes y suelo, y amurallada.

Plano de la bahía de Kotor

Asique me quedé en un hostel (el más barato, también para no variar) cuyas llaves tuve que recoger en el bar de enfrente, Jazz Club Evergreen. Desde entonces me hice habitual en ese pub: mi rutina por allí era correr y hacerme algún trekking, y luego echar un rato alargando un café leyendo o escribiendo. Que las horas de luz van disminuyendo, y algo hay que hacer con el tiempo 😉

Tanta pereza me dio moverme que me quedé por ahí 4 noches, y dediqué incluso una jornada a ir a Herceg Novi, una pobación cercana (a 1h en bus) cuyo casco histórico y su paseo marítimo bien merecieron la excursión.

Vistas de Kotor desde uno de los trekkings

Y sin más pasó allí mi tiempo… Fui un día al cine, por ésto de hacer cinema en todos los sitios a los que voy. Claro, que siendo un pueblo, me tocó en el centro cultural y peli de niñes ¡menos mal que me costó sólo 2€ y era en inglés! También, uno de esos días, me di un masaje “terapeútico”. Creo que los voy a tener que dejar de llamar así, porque por más que me empeño en explicarles a les masajistas que lo que quiero es una descarga de patas, acaban haciendo lo que les da la gana (o lo que pueden): normalmente un masaje de pies con algo (pero muy poco) de pierna. En fin, ¡al menos son muy placenteros!

Otra vista de la bahía de Kotor

Y como cuento, me costó irme de Kotor y por ende del país: decidí hacer una última parada antes de cruzar la frontera (puede que inconscientemente por lo mal que lo había pasado la última vez). El destino fue Virpazar, a los pies del lago Skadar.

Nada más llegar, fui en directa a un apartamento que me había recomendado una compi de habitación en Kotor. Me advirtió que la dueña (que vivía en la planta de arriba del apartamento en cuestión) era súper hospitalaria, pero que no hablaba una palabra de inglés. ¡Así fué! Cuando llegué entendió por la mochila que lo que necesitaba habitación, y cuando me instaló me trajo un plato de jamón (sin curar, como es típico en la región) y queso de cabra. ¡Increíble!

Después de correr más de lo habitual (una ruta maravillosa que si pasas por allí te recomiendo, puedes verla aquí), me entró mucha hambre, asique me acerqué a comer al pueblo, sin pasar por el apartamento (que estaba un poco retirado, cerca de la estación). Me abordó el dueño del Pelikan Restaurant y no pude negarme: ¡me zampé allí una sopa de pescado de lo mejorcito que he pobado en Montenegro! Al dueño le dió tanta pena que tuviera que volverme andando hasta casa (un poco exajerado, que no eran ni 2K), ¡que me acercó él mismo en su coche!

Además de lo contentísima que estuve esos días porque me habían publicado entrevista en la revista Soy Corredor y en Runner’s World (las dos en la misma semana, ¡hay que ver!), me encantó despedir Montenegro corriendo por esos parajes, por lo bellos que eran y por la hospitalidad de su gente.

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